Pim Pam Pum



Recuerdo que cuando era un chaval de unos doce años nuestro pasatiempo favorito para los sábados por la tarde era echarles globos de agua a las chicas de clase. Al poco nos entró la manía de entrar en garajes subterráneos y hacer perrerías varias. También teníamos una cabaña entre los árboles de la Cuesta de Errondo donde pasábamos las horas.

Pero nada era tan entretenido como cuando había manifestación en el Boulevard. Y por aquel entonces había una casi cada sábado. Y siempre había movida.

Eso era lo mejor.

Ni cortos ni perezosos, emigrábamos del barrio de Amara a la Parte Vieja donostiarra. Nos situábamos en medio de todo el meollo, entre antidisturbios y manifestantes, y esperábamos a que todo explotara.

Entonces empezaba la diversión.

Correr, esquivar, esconderse y buscar refugio en un bar o un portal cuando las cosas se ponían demasiado feas y volver a asomar la cabeza cuando parecía que lo peor había pasado... Y al final de la contienda contabilizar quien había sido capaz de reunir el máximo de pelotas. Pelotas de goma que lanzaban los ertzainas para ahuyentar a los borrokas. Pelotas negras que botaban de maravilla y que tenían una característica marca si habían sido disparadas.

Esas eran las tardes más entretenidas.

¿Peligro? ¿Miedo? La verdad es que no éramos conscientes de ello, nunca le vimos las orejas al lobo. Era algo entretenido, nada más. ¿Conflicto vasco? ¿Represión? ¿Kale borroka? Como si escucháramos llover, se trataba del entorno con el que habíamos crecido y nada nos parecía fuera de lo normal.

Y esa es la razón de este corto, de “Pim, pam, pum”. Porque crecer en un entorno así no es normal. O no debería serlo. Pero así fue y en menor medida continúa siendo y pensamos que merecía la pena contarlo, al fin y al cabo no deja de ser una historia universal: un conflicto visto desde los ojos de unos niños.

Niños que siempre tendrán la capacidad, menos mal, de convertir en juego todo lo que les rodea.